
¿Cuántos de nosotros no hemos experimentado en algún momento el deseo de disfrutar de una palmerita de chocolate, unas galletas acompañadas de café por la tarde, o un trozo de chocolate después de la cena? Y, ¿quién podría decir que algo tan inocente pueda ser perjudicial si se consume con moderación? Como bien dice el refrán, «¡a quién le amarga un dulce!».

Sin embargo, el problema surge cuando esos antojos se vuelven crónicos y parece que nuestro cuerpo o mente exigen la ingesta recurrente y compulsiva de estos alimentos. No basta con comer un bombón, sino que se sienten necesarios siete para calmar el deseo. Es en ese momento cuando se puede empezar a hablar de una posible adicción.
Existen explicaciones bioquímicas para estos comportamientos. Y no son complejas. Te las explico:
Por lo tanto, sí, la adicción al dulce existe y es una realidad, aunque como cualquier adicción, puede ser superada con la ayuda adecuada y esfuerzo personal.