A día de hoy, el consumo de alimentos ultraprocesados en nuestro país ha aumentado del 11% al 32% en los últimos 30 años. El problema no está solo en lo que aportan —exceso de sal, azúcares y grasas de baja calidad—, sino también en lo que desplazan: frutas, verduras, legumbres y proteínas de calidad. Su consumo habitual se relaciona con obesidad, síndrome metabólico, enfermedades cardiovasculares, cáncer, depresión e incluso mortalidad prematura.
Un reciente estudio de la Universidad de California relaciona el consumo de ultraprocesados con la infiltración de grasa en los músculos, aumentando el riesgo de artrosis, especialmente en las rodillas. Todo esto nos lleva a preguntarnos por qué hemos ido dejando atrás nuestra dieta mediterránea. Probablemente porque vivimos con prisas, y lo rápido y cómodo acaba ganando terreno.
El organismo se parece a un coche: si durante años usamos combustible de mala calidad y no hacemos mantenimiento, empiezan a fallar piezas.
Y no, no pasa nada por comer unas patatas fritas o ir un sábado a un restaurante de comida rápida con los niños. El problema aparece cuando esos productos pasan de ser algo puntual a convertirse en la base de nuestra alimentación. Cuidarse no significa hacer dietas imposibles, sino tomar pequeñas decisiones cada día que nos permitan ganar salud, energía y una vida más larga y de calidad.
¿Te suena? En consulta trabajamos esto paso a paso, sin dietas imposibles. Cuéntame tu caso.
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