Estamos hartos de escuchar la frase: «somos lo que comemos». Y aunque suene a tópico, tiene mucho de verdad. Lo que comemos, cuánto comemos y cómo lo hacemos influye directamente en nuestra salud y en el riesgo de desarrollar enfermedades como la diabetes, las patologías cardiovasculares o incluso algunos tipos de cáncer.
Diversas investigaciones han demostrado que aumentar el consumo de alimentos de origen vegetal se asocia con un menor riesgo de cáncer y enfermedades cardiometabólicas. Una alimentación rica en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos puede convertirse en una gran aliada. Por el contrario, el consumo frecuente de ultraprocesados se relaciona con un mayor riesgo de enfermedades crónicas.
La prevención no empieza cuando aparece la enfermedad; empieza mucho antes, en cada compra, en cada comida y en cada hábito.
No existe ningún alimento milagroso, pero cuando una buena alimentación se acompaña de otros hábitos saludables —ejercicio regular, peso saludable, evitar el tabaco, dormir bien, gestionar el estrés—, los beneficios se multiplican. No se trata de buscar la perfección, sino de construir un estilo de vida que juegue a nuestro favor. Tu yo del futuro te lo agradecerá.
