Hoy tenía varios pacientes, menús pendientes y revisiones preparadas para el día siguiente. Tenía todo organizado para terminar sin retrasos. Sin embargo, apareció un pequeño gran caso fuera de agenda. Con apenas 6 años, se acercó a mí diciendo: «Mamá, me siento mal». Esa carita sonrosada tenía más color de lo habitual y una fiebre innegable.

Ese pequeño ser indefenso requería de mí al 100%. Necesitaba que dejara todo lo que estaba haciendo porque, en ese momento, él era lo más importante del mundo. Así que mi agenda se desmoronó inevitablemente y tuve que darle todo mi amor y mis cuidados, como solo una madre puede hacerlo. Esos lloriqueos de malestar se atenuaron con el primer abrazo.

Mi trabajo es una parte muy importante de mi vida, pero las prioridades hay que saber dónde están.

El trabajo terminó alargándose más de la cuenta, pero mereció completamente la pena. Porque hay pacientes que esperan un menú, una revisión o una respuesta… y la tendrán. Pero hay otros que solo necesitan sentir que su mamá está ahí. Y ese cuidado, ese amor y esa presencia, también alimentan.