Hay algo que pocas veces cuento, pero que forma parte de mi día a día como nutricionista y como madre. Lo que más me cuesta de mi trabajo no es el cansancio ni las horas de consulta, sino esos momentos en los que mis hijos me preguntan: «¿Por qué llegas tan tarde? ¿Por qué hoy no juegas con nosotros?» Esas preguntas se me quedan clavadas porque me recuerdan que, para poder acompañar a otras personas en su proceso, a veces tengo que renunciar a estar en el mío. Y duele. Duele porque ellos son mi hogar, mi refugio y mi motor.
Pero también hay algo que me sostiene, que me impulsa y que hace que cada día merezca la pena: ver a mis pacientes avanzar. Ver cómo llegan a consulta con dudas, con miedo, con la sensación de que el camino será eterno… y, poco a poco, empiezan a cambiar. No solo cambian los números o los hábitos: cambia su mirada, su actitud, su forma de hablarse.
Acompañarles en ese proceso es un privilegio. Ser testigo de sus hitos —grandes o pequeños— me recuerda por qué elegí esta profesión. Porque cuando alguien descubre que cuidarse no es tan difícil como imaginaba, que merece la pena, que hacerlo acompañado es más llevadero… ahí es donde todo cobra sentido.
Así que, aunque a veces llegue tarde a casa y mis hijos me reclamen, sé que lo que hago también les enseña algo: que acompañar a otros es una forma hermosa de estar en el mundo. Y gracias a ellos, cada día vuelvo a casa con el corazón un poco más lleno.
