Uno de los mayores retos en la consulta no es enseñar qué comer, sino desmontar lo que la gente cree que ya está haciendo bien. Muchas personas llegan convencidas de que llevan una alimentación saludable, pero cuando analizas su cesta de la compra aparece un patrón muy común: productos que parecen sanos… pero que solo lo parecen.

El problema no está en la falta de interés, sino en el marketing, que juega con nosotros. Palabras como «light», «natural», «integral» o «bio» generan una falsa sensación de seguridad. Alguien puede elegir galletas «integrales» pensando que ha tomado una gran decisión… cuando en realidad son básicamente las mismas galletas de siempre con un nombre más elegante.

Otro clásico: los cereales de desayuno «fitness», con colores suaves y alguien haciendo yoga en la portada. Todo transmite paz… menos la cantidad de azúcar que llevan dentro. Y los yogures «0%»: al quitar la grasa muchas veces incorporan azúcar para salvar el sabor. Los zumos envasados «sin azúcares añadidos» tampoco se salvan: no hace falta añadirlos cuando ya vienen de serie en cantidades importantes.

¿Esto es comida de verdad o solo lo parece? Esa es la pregunta clave.

El problema no es un producto puntual, sino la suma de pequeñas decisiones que parecen correctas. Día tras día pueden influir en el peso, la saciedad o en alteraciones metabólicas. Por eso, más que prohibir alimentos, el objetivo es desarrollar criterio: aprender a leer etiquetas y a desconfiar un poco del marketing.

Hoy quiero hablaros de algo muy sencillo que puede ayudaros mucho a la hora de hacer la compra: el etiquetado nutricional. Muchas veces vemos mensajes como «light», «natural», «rico en fibra» o «sin azúcares añadidos» y pensamos automáticamente que estamos ante un producto saludable. Sin embargo, la publicidad está diseñada para llamar nuestra atención y no siempre refleja la calidad nutricional real.

Mi consejo es muy simple: dad la vuelta al envase y buscad la tabla de información nutricional. Fijaos siempre en los valores por 100 gramos, la forma más fácil de comparar unos alimentos con otros. Hay tres elementos clave que vigilar: grasas saturadas (menos de 5 g por 100 g), azúcares (menos de 5 g por 100 g) y sal (menos de 1,25 g por 100 g).

No necesitamos ser expertos en nutrición para comer mejor. Conocer estos tres números puede marcar una gran diferencia.

Si un alimento supera claramente estas cantidades, conviene consumirlo con moderación. No significa que esté prohibido, pero sí que debe ocupar un lugar más ocasional. La próxima vez que vayáis al supermercado, os propongo un reto: elegid dos productos similares y comparad sus etiquetas. En menos de un minuto descubriréis diferencias que a simple vista pasan desapercibidas.

¿Te suena? En consulta trabajamos esto paso a paso, sin dietas imposibles. Cuéntame tu caso.