A veces siento que sigo teniendo 37 años… pero me miro, y veo que no, que ya son 47, y aunque mi cabeza a veces se empeñe en lo contrario, mi cuerpo lo sabe perfectamente. Es verdad que siempre me he cuidado bastante, pero también he tenido mis excesos, como cualquier hijo de vecino. Y los sigo teniendo, porque la vida no es una línea recta ni un menú perfecto. Pero algo ha cambiado: he empezado a escuchar a mi cuerpo de verdad.
Supongo que tiene que ver con que los 50 están ahí, a la vuelta de la esquina, casi saludando. Y llega un momento en el que entiendes que esto no va a mejorar solo. Que o te cuidas, o te cuidas. No desde la exigencia, sino desde el cariño y la responsabilidad hacia ti misma.
Así que decidí poner orden. Orden en mis comidas, aunque mis horarios a veces sean un caos digno de estudio. Orden en mis prioridades, aunque el día tenga menos horas de las que me gustaría. Y también decidí buscar, literalmente debajo de las piedras, un rato para moverme. Esos 40 minutos, tres o cuatro veces por semana, que no siempre apetecen, pero que sé que son un regalo para mis huesos, para mi energía y para la mujer que quiero ser dentro de unos años.
Lo que haga hoy es una inversión en esa versión de mí que aún no conozco, pero que quiero que viva con salud, autonomía y alegría.
No soy perfecta, ni pretendo serlo. Estoy en el mismo camino que muchos de vosotros: aprendiendo, ajustando, cayendo y levantándome. Pero cada pequeño gesto cuenta. Y si yo, con mis años, mis prisas y mis desórdenes, puedo hacerlo… tú también puedes.
