Hoy pensé que no llegaba. Pacientes con retraso, algún caso más complejo de lo habitual, un accidente en la carretera que alargó el trayecto mucho más de lo previsto… Eran casi las 20:00 y aún no había aparcado el coche.
Mientras conducía, mi mente ya buscaba una alternativa a la cena que había planeado: pescado blanco con tomate y espárragos trigueros. Esa opción había dejado de ser viable. A las 20:00 en casa hay puntualidad suiza: o la cena está lista o tengo a mis hijos a mi alrededor, como pequeños gatos hambrientos, pidiendo comida como si llevaran días sin probar bocado.
Al final, la solución fue sencilla: una tosta de jamón con aceite de oliva y tomate. Diez minutos de preparación y varios «umm, qué rico» que me sacaron una sonrisa.
No todos los días salen como los planeamos. Eso no significa hacerlo mal.
Porque si algo aprendes como madre y como profesional de la nutrición es que hay que saber adaptarse. En el día a día siempre surgen imprevistos. Lo importante es parar un momento, respirar y recordar que siempre hay una solución, aunque no sea la ideal. Y al final, ese «gracias, mamá» lo compensa todo.
