Hoy mi día ha sido una mezcla entre ser nutricionista, madre y profesora particular… todo al mismo tiempo y sin cobrar horas extras. Mi hijo tiene examen mañana, así que desde que abrió los ojos supe que hoy tocaba estudiar sí o sí, aunque él intentara convencerme de que «ya se lo sabe todo». Spoiler: no se lo sabía.

Entre consultas, planes nutricionales y mensajes de pacientes, fui encajando ratitos para sentarme con él. Cada vez que yo decía «vamos a repasar», él decía «¿otra vez?». Y cada vez que él decía «ya lo entiendo», yo descubría que lo que entendía era que quería merendar. Le preparé algo saludable, claro, porque una es madre, pero también nutricionista, y el azúcar no ayuda a memorizar… aunque él siga creyendo que las galletas mejoran el rendimiento académico.

Hubo momentos de avance, momentos de bloqueo y momentos en los que pensé que quizá debería haber estudiado magisterio. Hicimos esquemas, repasamos en voz alta, inventamos trucos de memoria y sobrevivimos a un par de mini dramas infantiles que, sinceramente, deberían contar como cardio.

Al final del día, él terminó más tranquilo y yo más cansada que después de una jornada completa de consultas. Verlo acostarse sintiéndose preparado hizo que todo valiera la pena. Hoy no salvé el mundo, pero ayudé a un pequeño humano a sentirse seguro para su examen. Y eso, para mí, ya es un logro.