Se acabó la Semana Santa. Adiós torrijas, adiós siestas eternas, adiós paseos sin prisa. Y hola de nuevo a la rutina, esa señora estricta que nos espera en la puerta el primer día con los brazos cruzados y cara de «¿ya has vuelto?».

Y claro, con la vuelta llega el festival matutino: el «no quiero levantarme», el «tengo sueño», el «no quiero ir al cole»… y eso solo por parte de los niños. Los adultos tampoco estamos para presumir: bostezos XXL, cafés dobles y esa sensación de que el cuerpo sigue de vacaciones aunque la agenda diga lo contrario.

Volver cuesta. A todos. Pero también es verdad que, en el fondo, la rutina tiene algo de hogar. Nos ordena, nos centra, nos recoloca después de días de caos dulce y azúcar glasé.

Bendita rutina, que nos ayuda a retomar el rumbo sin dramas y sin culpas.

La clave está en no castigarnos por haber disfrutado. Comimos torrijas, descansamos, desconectamos… perfecto. Ahora toca volver a lo nuestro, poco a poco, sin exigencias imposibles. La vida es eso: equilibrio. Unos días de fiesta, otros de orden. Unos días de excesos, otros de verduras. Y todos forman parte del camino.

¿Te suena? En consulta trabajamos esto paso a paso, sin dietas imposibles. Cuéntame tu caso.