Ver las caras de mis hijos, esa alegría ante la inminente salida de viaje, no tiene precio. Son unas vacaciones muy esperadas por todos, pero especialmente por ellos, que llevan más de un mes y medio haciendo la cuenta atrás.

Todos tenemos ganas de desconectar, pero lo suyo es pura ilusión, esa que solo se vive plenamente cuando eres niño. Ojalá nos contagiemos un poquito de esa energía y disfrutemos de un descanso más que merecido.

Es cierto que habrá algún helado, que las comidas no serán tan equilibradas como de costumbre y que romperemos un poco la rutina. Y no pasa nada. En lugar de castigarnos por ello, aceptémoslo con naturalidad y pongamos el foco en aquello que sí podemos hacer.

Mantener el movimiento, adaptándolo al entorno

¿Qué mejor momento para mantenerse activo que el verano? Nadar, jugar con los niños en la playa, echar unas palas, saltar las olas, hacer unos largos en la piscina o dar un paseo entre los árboles a primera hora de la mañana, cuando solo se escuchan los pájaros, el aire huele a limpio y todo transmite paz.

Con la alimentación, tampoco hace falta darle la vuelta a todo

Un desayuno saludable nos dará la energía que necesitamos para empezar el día. Para llevar a la playa, pocas opciones son tan refrescantes como un melón o una sandía bien fríos. ¿Que te quedas con hambre? Un poco de jamón, un gazpacho o un puñado de frutos secos pueden ser una excelente opción.

En las comidas principales, muchas veces el truco está simplemente en no excedernos con las cantidades. A menudo comemos con los ojos antes que con el estómago.

¿Hay una comida o una cena especial? Perfecto. Disfrútala sin culpa. Mañana volveremos a nuestros hábitos habituales con una alimentación más ligera y equilibrada.

En definitiva, las vacaciones son para disfrutarlas, pero disfrutar no significa dejar de cuidarse. Ambas cosas pueden convivir perfectamente si sabemos adaptarnos al cambio de rutina.

¿Te suena? En consulta trabajamos esto paso a paso, sin dietas imposibles. Cuéntame tu caso.